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Los Humedales - Un Mundo Olvidado

Juan José Morales

Paisaje Costero, Obra de Rios Escondidos

Caudalosas corrientes subterráneas, formadas por las singulares condiciones orográficas y ecológicas de la península yucateca, afloran en la zona litoral y dan origen a muchos y muy variados ecosistemas en los que mar y tierra se confunden y entremezclan

A la vista de las extensas ciénagas, marismas, rías y pantanos que festonean la península yucateca, mucha gente se pregunta intrigada cómo han podido formarse. Porque aquí no hay ríos, y en todo el mundo los humedales costeros, casi sin excepción, son una especie de hijos de los ríos, que en la parte final de su curso, decenas o centenares de kilómetros antes de llegar al mar, se ramifican en multitud de brazos que se desbordan en la época de crecientes debidas a las lluvias e inundan las llamadas llanuras de aluvión. Es decir, grandes planicies que los propios ríos han creado con los sedimentos que acarrean desde la parte alta de su cuenca y depositan en las proximidades de la desembocadura. Así, al dispersarse y fragmentarse la corriente sobre ese terreno llano, se forman extensas áreas pantanosas, entrecruzadas por numerosos canales, como las de los deltas del Mississippi en los Estados Unidos, el Amazonas y el Orinoco en Sudamérica, el Zaire o Congo en África, el Mekong en Asia, el Danubio y el Rhin en Europa, el Papaloapan y el Grijalva-Usumacinta en México y muchísimos otros ríos, grandes, pequeños o medianos.

Al emerger en las proximidades de la costa y mezclarse con las aguas marinas y la de lluvia, las corrientes subterráneas forman extensos humedales como estos de la Reserva de Sian Ka’an.
(Foto archivo Amigos de Sian Ka’an.)

En realidad, y aunque no lo parezca, lo mismo ocurre en la península yucateca. La gran franja de humedales que se extiende por millar y medio de kilómetros a lo largo de las costas de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, es también obra de ríos que antes de llegar al Golfo de México y el Caribe se desparraman por la planicie. Tales ríos formadores de humedales, sin embargo, no son visibles, a excepción del Hondo y los del sur de Campeche. No se les ve porque se trata de ríos ocultos. Son corrientes subterráneas que se mueven a decenas de metros de profundidad y sólo se muestran aquí y allá en los cenotes, que son oquedades de diversas formas y tamaños abiertas en la coraza rocosa de la península: circulares y con altas paredes verticales como el célebre cenote sagrado de Chichén Itzá, semitechados por grandes bóvedas de roca como el de Valladolid, cavernosos como el de Kankirixché en Yucatán, o a cielo abierto con aspecto de minúsculos lagos como el también famoso cenote azul de Bacalar en Quintana Roo.

Cenote Kankirixché. Obsérvense las numerosas raíces de árboles que atravesaron la gruesa coraza de roca para alcanzar el agua. Foto cortesía de la Secretaría de Ecología de Yucatán.

Un peculiar sistema hidrológico

Para entender mejor cómo se han formado los humedales de la franja costera, hay que recordar que prácticamente toda la península es una enorme llanura de roca caliza imperceptiblemente inclinada desde el interior hacia la costa, con un desnivel de apenas 30 centímetros por cada kilómetro. En esa gran planicie no hay más elevaciones que un par de diminutas serranías que en su punto más elevado escasamente llegan a 275 metros de altura, y la llamada meseta baja de Zoh Laguna, que no rebasa los 400. Debido a lo plano del relieve, el agua de las lluvias no puede correr cuesta abajo y formar arroyos y ríos como sucede en las zonas montañosas. Por ello de Champotón y Chetumal hacia el norte —o sea en la casi totalidad de la península— no  hay ríos. O, más exactamente, no los hay en la superficie, pero sí bajo tierra. Lo que ocurre es que cuando llueve, el agua se introduce rápidamente a través de las capas superficiales de roca caliza, que son muy permeables, y se va acumulando en las profundidades, en los intersticios y cavidades de las rocas, o en la arena caliza llamada sahcab o sascab, para formar lo que se conoce como manto freático. Esa es el agua dulce que se encuentra al perforar pozos domésticos o para los sistemas de riego y de agua potable. El acuífero subterráneo mide entre 50 y 70 metros de espesor y su nivel superior coincide aproximadamente con el nivel del mar, aunque resulta un poco más alto conforme aumenta la distancia desde la costa. En Chichén Itzá, por ejemplo, 80 kilómetros tierra adentro, la parte superior de la capa subterránea del manto freático se halla entre 1.2 y 1.4 metros por arriba del nivel medio del mar.

Esquema de la hidrología peninsular. El agua de las lluvias se infiltra en el permeable terreno calizo y forma grandes corrientes subterráneas que fluyen hacia las costas, donde afloran y forman humedales. (Dibujo Amigos de Sian Ka’an.)

Esa agua de las profundidades, sin embargo, no permanece inmóvil, sino que por hallarse ligeramente por encima del nivel del mar se mueve hacia la periferia de la península a través de un complejo y peculiar sistema hidrológico. En parte fluye por capilaridad, infiltrándose y escurriendo entre las calizas porosas del subsuelo, y en parte mediante lentas pero caudalosas corrientes que se desarrollan dentro de oquedades, galerías, grutas y conductos cavernosos de variada amplitud e interconectados que llegan a medir cientos de kilómetros y que apenas comienzan a ser conocidos y explorados. Mediante audaces exploraciones de buceo, se ha podido trazar el curso de esos ríos subterráneos por distancias insospechadamente largas.


La comparación entre los dos mapas muestra cuánto avanzó en unos pocos años la exploración y el conocimiento de los grandes sistemas fluviales subterráneos de la costa de Quintana Roo. Mapas cortesía del Grupo de Exploración Ox Bel Há.

Todo el articulo

Amigos de Sian Ka’an, la más grande organización de conservación ambiental en el sureste de México.

Amigos de Sian Ka’an A. C.

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